CRISTO ABRAZADO A LA CRUZ

(El Bonillo, Museo Paroquial, 1590/1595)

El Cristo abrazado a la Cruz de El Bonillo es una de las obras más notables de este genial y religioso artista. En ella, vemos a Cristo de pie, con la mirada llena de inmensidad y mansedumbre, con pinceladas blancas en el iris que hacen que sus ojos parezcan vidriosos y casi bañados en lágrimas. La cabeza coronada de espinas dolorosas, el rostro delgado y con barba, el cuello largo, destaca sobre un fondo de cielos tormentosos, el cuerpo revestido como siempre de una túnica roja y de un manto azul, según la costumbre aprendida por el artista en Creta, mientras estudiaba los iconos bizantinos. La cruz parece que no pesa, mientras que las manos que la llevan, hermosas, tienen dedos casi etéreos, modelados con mucho cuidado, con el dedo corazón y el anular unidos casi como para sugerir con elegancia la unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en la persona de Jesucristo.

 

La obra que tenemos ante nuestros ojos llama la atención por lo absoluto de la figura del Redentor, a quien el artista, ignorando los datos históricos y el texto del evangelio, representa en completa soledad, sin muchedumbre, ni guardias, ni séquito de mujeres o de curiosos, como normalmente vemos en las imágenes dedicadas a la subida de Cristo hacia el Calvario. Aquí, toda la atención se centra en el diálogo interior entre el Hijo y el Padre. Es la reanudación y el cumplimiento del diálogo que animó la oración atormentada durante la noche de agonía en Getsemaní, en la lucha entre la petición de no afrontar la dolorosa experiencia del rechazo y de la muerte y la disposición valiente y confiada a hacerlo si ése era el único camino para alcanzar nuestra salvación. Hágase tu voluntad: Jesús no solo nos había enseñado a decirlo, en la oración del Padrenuestro, sino que lo había vivido él en primer lugar, en cada instante y aún más intensamente en el momento más exigente y apremiante de su vida. Así es precisamente como se realiza la historia de la salvación: el amor de Dios transforma todas las cosas. Esa transformación, que había comenzado durante la Última Cena del Señor, tomando el pan y el vino y convirtiéndolos en su Cuerpo y en su Sangre, ofrecidos por amor, para hacer posible la alianza nueva y eterna, alcanzó su momento más impresionante al transformar la cruz, de horrible patíbulo inventado por la crueldad de los hombres e impuesta como pena absurda al Mesías inocente, a lugar de entrega y redención de la humanidad de su ceguera culpable, de su dolor inexplicable, de la experiencia de la muerte como fracaso y caída en el vacío. En el Cristo abrazado a la Cruz de El Greco, especialmente en la mirada de Cristo, que brilla con una luz sorprendente y serena, vemos ya la transformación que se ha producido: en el momento en el que el Nazareno podría haber mostrado decepción y resentimiento o desesperación y desánimo, la certeza de que el amor del Padre está siempre con el Hijo, incluso en el momento del sacrificio, y de que ese amor es más fuerte que la muerte y puede redimir de ella, inunda de luz el corazón de Jesús en el momento en el que todo a su alrededor está oscuro y aparentemente sin perspectiva.